jueves, 18 de noviembre de 2010

Pinche otoño

Elpidio Lasotras

Los días parecen estar desordenados. Me explico: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo. Es correcto. Hoy, siendo jueves, parece lunes o seis de abril. Ayer, miércoles, resultaba un dos de enero. Otra cosa: la luz, carajo. Sí, no es la luz normal: los días tienen el color de los días festivos: solitarios; de autos a paso de animal herido o en fuga a fin de no ser cazado; de un cielo más bajo, con su montón de nubes yéndose todo el tiempo.
Jueves diecisiete de noviembre de 2010. ¿Y si fuera domingo ocho de marzo de 1822? ¿Lo notaríamos? Imposible regresar tantos años. Hoy contamos con servicio de Internet, con computadoras, con teléfonos móviles, con libros electrónicos, con televisión de paga, con pornografía desde infantil hasta gerontofílica… ¡Imposible retroceder tantos años!
Pero no parecen días habituales, llevan un amarillo un tanto pálido; acaso el otoño respira su media vida. Quizá los días rechazan al invierno y esta palidez es la forma de manifestar su inconformidad. No tengo la menor idea. Lo que sí sé es que ahora mismo cargo un poco de sueño. Podría estar ante una mesa, en un café o en un bar.

Opción A:

Preferiría un café de veinticuatro horas, de esos que hay en el Distrito Federal y así tomes cuatro jarras te cobran apenas el precio de una taza. Una ganga. Pero luego, como el día anterior habías bebido en exceso, constantemente te levantas del sillón para ir a vomitar. Vómito tras vómito; jarra de café tras jarra de café. Infaltables los cigarros Delicados con filtro. Sí. Y entonces, en una revista, lees: “Aquel hombre fumaba tanto, que un día, sin darse cuenta, agitó el cigarro y su mano se esparció dentro del cenicero”. ¡No chingues! De inmediato miras tus manos, las agitas y, al comprobar que siguen en su sitio, te levantas rumbo al baño a reiterar tu malestar. Pero el café es adicción tremenda. Además, adónde ir a las tres y media de la mañana, con un frío espantoso en la capital de México. Mé-xi-co. ¡Qué diablos hago aquí! Derecha, izquierda, centro… ¡El gobierno te jode por delante, por detrás y por los costados!
Sales del café, temblando, un poco por el frío y otro tanto porque el alcohol que aún corre por tus venas y la cafeína se combinaron, lo que provocó una ruda explosión y eres el hombre más paranoico de la ciudad. Vuelves la vista; miras al frente. Vuelves la vista; miras al frente. Caminas por la Calzada de Tlalpan a las cinco de la mañana, con el riesgo de que te asalten, cabrón, o que uno más enfermo que tú tenga la manía de abrir gargantas con su navaja poderosísima… Pero vas por Tlalpan. Lleno de hoteles. “Adentro se están amando todos”, piensas y buscas mujer a la mano. “No molestar.” “¡Imbécil”, te dices y ríes. “Están cogiendo nada más.” Un taxi se detiene frente a ti: dice el chofer que te subas porque es muy peligrosa esa zona. “Seguramente. Tú lo que quieres es hacerme güey porque me sabes borracho y me llevarás aquí y allá para cobrarme las perlas de la virgen. ¡Jódete!” Huyes aprisa.
Adelante te topas a una muchacha que se muere de frío pero es necesario mostrar el cuerpo para obtener monedas. Mé-xi-co. “Doscientos”, sonríe la mujer. Es bonita, sin duda, pero te sigues derecho. Continúas y te espanta que el día esté aclarándose. Antes de salir el sol debes dormir, cual vampiro. Adelante hay un hotel decente. ¿Decente? “Jo, jo, jo… si he dormido en la calle, Señora Decencia. No me venga a joder. Varias noches dormí en la calle, a un grado centígrado, al pie de la Catedral de Morelia, Señora Decencia. Si es que a eso se le llama dormir. ¡Lárgate!” Pero llevas plata. Urge una tienda, una maldita tienda para comprar cerveza o whisky. ¡Pero ya!
Te apersonas con el recepcionista (nunca he visto a una mujer en una recepción a temprana hora en ningún hotel de la capital mexicana) y le pides una habitación, la más cercana al cielo o la más próxima al infierno. “Tenemos elevador, señor”, te dice antes de subir el primer escalón. Agradeces. Piensas en el elevador que debería estar ahí una muchacha en flor y que ese elevador tendría, por lógica, que descomponerse con ambos en su interior. Pero luego de un trago a la botella de whisky, te ríes de ti mismo y en cambio asesinas a la muchachilla y mejor, te dices, mejor, que venga una mujer madura vestida de negro. Que me sonría y me señale y me bese y, si no es mucho pedir, me haga el amor. Sí. Eso.

Posibles consecuencias:

“¡Se suicidó en un elevador!” Mentira # 1
“Se descompuso el ascensor y murió asfixiado”
Mentira # 2
“Murió de una congestión alcohólica en el elevador de un hotel”
Mentira # 3

“¡Todos los periódicos mienten!”, arremete tu espíritu al día siguiente al ver los titulares de la sección policiaca que dan cuenta de tu muerte. Sólo un encabezado te deja medianamente tranquilo:

“Velo de misterio envuelve muerte de un hombre en hotel de Tlalpan”

Dices: “Son tan complicados los vivos. ¿Es tan difícil entender que La Mujer de Negro me besó y me hizo el amor? Nada más. Ni para eso se ponen de acuerdo…”.
Decepcionado, tu último aliento decide no asistir a tu funeral y se escurre por cualquier alcantarilla.
Pero todo es falso porque estás atravesado en una cama de ese hotel, empapado en whisky, los labios reventados. En la televisión una película pornográfica está por terminar, sin público en esa habitación. No hay nada ni nadie en qué pensar. ¿Llorar? Imposible. Hace tiempo se te secaron los ojos. ¿Reír? Tal vez. Pero, ¿de qué, de quién? “¡De ti, estúpido!” Sí. Reír de uno mismo, carcajearse hasta provocar que personal del hotel fuerce la puerta para entrar a tranquilizarte. “Todo está bien, señor.” “Jo, jo, jo.” “¿Le podemos ayudar en algo?” “Jo, jo, jo.” Pero lo piensas mejor: “Sí. Apaguen la luz antes de salir, por favor”.
Silencio.

Opción B:

Ron, doble. Una luz rosa adormece el amor de una pareja que se encuentra ante una mesa ubicada a tres metros cuarenta y seis centímetros doce milímetros de ti. Aunque no alcanzas a ver con claridad (eres miope y encima el alcohol se ha encargado de su parte), adivinas su romance. Sus palabras: “Sí, mi amor”… “Claro que te amo”… “Esta noche no podré, Ernesto. Ya sabes: visita de Andrés”… “¿Bailamos?”
“Mexicanos al grito de guerra,/ el acero aprestad y el bridón./ Y retiemble en su centro la tierra,/ al sonoro rugir del cañón.”
“Ernesto, mi amor, ¿nos vamos ya?” Ella se llama Claudia. Dicen que se van a casar pero lo que la mujer no sabe es que él hace un par de días conoció a Susana, con quien saldrá mañana y harán el amor como locos en el cuarto de un hotel de Tlalpan donde hace tiempo un hombre se carcajeó solo y dicen que aún se escucha esa risa, sobre todo en noches de otoño. De preferencia en día jueves.
Brandy. Una luz azul metálico da de frente en el rostro de una prostituta que busca llevar alimento a sus dos pequeñas hijas quienes duermen, aparentemente, en casa. Está recluida en ese bar porque fue corrida de las avenidas cercanas por el grupo de meretrices y padrotes que domina esa zona. Busca a un iluso, a un abandonado, al más solitario de la noche. Fuma. Ante sí, el hielo de un whisky se derrite inexorablemente, como la esperanza. Pero te observa con detenimiento porque eres la presa. Sin embargo, la adivinas. Te pones de pie, te acercas y dejas un billete doblado debajo de su vaso. “Yo invito esta noche. Ve a tu casa, mujer.”
¿De dónde la piedad, la compasión? ¡Estás pedísimo, pendejo!
Cerveza. Una luz morada ilumina los cuerpos de los danzantes. El trago amargo en tu boca es una pausa entre el miedo y la angustia. Te cuesta trabajo respirar y, sin embargo, estás vivo. Enciendes un Delicado con el que está a punto de extinguirse. Quemas la orilla de una servilleta y te imaginas un rostro en ese blanco. Sonríes. Te acuerdas de Michoacán: De-ca-den-te. Te acuerdas del Estado de México: Una noche y nada más, a oscuras, junto a un cuerpo del que has olvidado los detalles de su rostro. Recuerdas Puebla: Ebrio, en una jardinera de la Plaza de Armas (“Despierta, muchacho. Despierta.”). Recuerdas Acapulco: Todas las parejas del mundo hacen el amor frente al mar. Tú, oxidado, nadas borracho a las tres de la mañana. Ebrio completamente. Pero los delfines te aman y estás vivo. El Sol te despierta y estás lleno de arena, borracho aún. Escuchas los últimos murmullos de los amantes. A lo lejos, un yate alberga dos corazones. En todo caso, volteas hacia otra parte. “Un whisky, por favor. Dos whiskys, por favor. Tres putos whiskys… cuatro…”, ad infinítum.
Todos los recuerdos se agolpan en tu mente. Pero la vida, dices, no es ese bar. Aunque los guardias de seguridad te saquen, vomitado hasta el alma, a empujones, o te golpeen porque lanzaste un envase de cerveza contra un vidrio de la barra y le tiraste un whisky en el rostro a cualquier cliente, llevas una sonrisa que delata tu amor por la vida.
Hace frío.

Sin embargo, no estoy ni en un café ni en un bar. Estoy sentado frente a una pantalla de luz, dando órdenes a mis dedos que golpean un teclado. La vida en negro con fondo blanco. A mi espalda, un aire frío me recorre la columna. Afuera está la tarde. Yo. Qué puta soledad hay en esta Cuernavaca, Dios mío…

martes, 28 de septiembre de 2010

Luz de papel oscuro


53

Un sueño es una corta locura y la locura un largo sueño
Schopenhauer

El peligroso deseo de extraviarse en la deliciosa forma de los tobillos de Alicia, propiciaba que Jesús caminara por las noches sobre los sitios más solitarios y oscuros de la ciudad (los alrededores del parque Melchor Ocampo, cerca de la estación del ferrocarril, tomaban una esencia predilecta en su bagaje nocturno). Constantemente inventaba fórmulas y escenarios de color violeta, en los que ambos protagonizaban historias sensuales y plagadas de erotismo; un anhelar incestuoso petrificaba su sangre, del mismo modo que la hervía.
La noche en que lo asesinaron, hacía su recorrido habitual. Y poco antes de morir, Jesús vio salir de entre la corteza de un árbol, una sombra que poco a poco fue convirtiéndose en un astro de luz: Alicia. De su boca nacía un vaho diáfano que cubría los labios de aquel hombre. Él quiso decirle muchas cosas, pero no se atrevió. Se limitó a sujetar con fuerza el bolsillo izquierdo de su chaqueta, donde guardaba un pequeño pensamiento escrito en un trozo de papel desgastado: “Febrero del 86./ Esta vigilia de ti me adormece/ la carne de vida mi alma espera/ y mi boca, de tanto pronunciar tu nombre/ se agita/ se agrieta/ se seca.” Quiso apretar aún más fuerte, pero ya no hubo tiempo.

viernes, 27 de agosto de 2010

La visión de Daniel


53

“En aquellos días yo, Daniel, estuve afligido por espacio de tres semanas.”
Daniel, 10. 2


El hocico húmedo del cerdo se deslizaba despacio sobre mi rostro. En un principio llegué a sentir asco, pero, a fuerza de repeticiones incontables, me di cuenta de la natural compasión con que el animal mojaba de luz mis pensamientos.
“Te ves más limpio, la luz y el calor del mediodía se reflejan mejor sobre tu piel seca, el lodo de tu cuerpo se hace terrón y cae por pedacitos”, decía yo a aquel cerdo con quien compartía el aposento. Yo no entiendo el mundo, ni a las personas mayores –el cerdo, mirándome, parpadeaba y en sus ojos brillaba un niño arrodillado, cansado de pies y manos–. Cuando don Tobías cayó del campanario de la iglesia –aunque dice mi abuelita que fue su hermano quien lo aventó–, la gente se entristeció mucho; hubo misa, cantos, rosarios, flores blancas, llanto, veladoras, arroz con leche, pan de dulce… y cuando mi Tohuihui se murió, mi madre sólo dijo: “No llores… El martes Juan te traerá otro perrito”. ¿Por qué no trajeron otro don Tobías? Tampoco entiendo por qué mi papá me metió aquí, al chiquero; ni la buena tunda que me puso. Según él, lo que hice estuvo mal, aunque nunca de los nuncas me dijo qué fue lo que hice.

En aquella tarde yo andaba jugando por los terrenos de don Lencho; brinqué el tecorral y me fui metiendo entre las milpas para jugar al sembrador; nada más quería pedirle a la tierra que nos regalara buena cosecha en esa temporada. Como le hacía mi tío Crecencio (el Cabeza de cebolla, así lo apodaban porque siempre tuvo sus mechas blancas y escasas, como una nube despeinada por el viento), él siempre hablaba con la tierra antes de la llegada de las aguas. Y en eso andaba cuando vi al Toño y a la Tacha; como que se estaban peleando. Yo pensé que sí, porque ella se quejaba muy fuerte. Luego cuando la tiró en el suelo y se montó encima de ella, se quejó más fuerte y apretó la yerba con sus manos como queriendo arrancarla. Y pues como yo vi que por más fuerza que hacía no se levantaba, que me voy rápido a avisarle a mi primo Luciano porque además de ser novio de la Tacha, trabajaba cerca del sembradío de don Lencho en un matadero de puercos.
“Ese que luce el ano, ahí te buscan en la entrada”, dijo uno de sus amigos. Yo todavía iba agitado por la carrera que había pegado; sólo me acuerdo que le dije: “¡Primo, primo, primo!, allá, por la milpa... el Toño se está peleando con la Tacha… Anda encimado en ella mordiéndole el pescuezo y pegándole con un palo. Ya no la deja levantar y ella nomás dice, mientras puja: ‘¡Mmmme duele! ¡Mmme duele… Toño!’”.
Si ya me había dicho mi madre que me iba a salir piruja como sus… y no acabando de decir lo que quería decir, tomó uno de sus cuchillos con los que mataba puercos y salió corriendo. Bien que me acuerdo, estaba más chiquillo, pero no más menso.
De ahí me fui mejor para la casa de mi amigo el Quelite, un amiguito del catecismo. Su papá recién había llegado del otro lado, y todos los niños queríamos ver los juguetes que le habían traído; en especial, un carrito de control remoto que pasó del asombro y la curiosidad, a la envidia de todos nosotros.
Ya por la noche, fue don Lencho a mi casa y le dijo a mi papá que anduve pisando las matas de frijol y calabaza sembradas a orillas del maizal. Yo oí cómo le decía a mi padre que debía pagar los daños causados por su cría. “Debería mantenerlo encerrado.” Yo me estaba haciendo el dormido, pero bien claro que oí cuando dijo eso.
Tempranito, en la mañana, encontraron tirado al Toño a orillas de la barranca que está en Ocotepec… Ya ves, por eso dicen que ahí “matan y no entierran”… La cosa es que la mujer que lo encontró dijo que tenía cuatro cuchillazos en la espalda, de donde salía una sangre oscura, grasosa como manteca de puerco y maloliente; peor que las aguas negras del barranco. Cuando yo me desperté, la noticia ya había corrido por el pueblo; y justo cuando me preparaba para ir a acarrear agua con la carretilla hasta la pileta del pueblo, va llegando mi padre… y sin decir ni “agua va”, que me agarra de las greñas y me saca al patio. Ahí me dio con una vara de ocote en todito mi cuerpo (siempre que me acuerdo, la vuelvo a sentir rebotando en mi piel, como un árbol derribado que azota en la tierra del monte sin que nadie escuche su ruido). Luego, me amarró las manos con un mecate que utilizaba para atar las patas de los cerdos cuando los castraba y me metió al chiquero. “A ver si así aprendes, condenado escuincle”, dijo mientras cerraba la reja con un alambre viejo.
Pasé más de quince días ahí metido, y no te me miento cuando te digo que nunca de los nuncas me dijo bien qué fue lo que hice. No supe si fue por lo de las calabazas de don Lencho, por andar de metiche con lo del Toño y la Tacha o porque encontraron, escondido debajo de mi cama, el carrito de control remoto de mi amigo el Quelite.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Dos opciones para caballeros que tienen sed

Estas fotografías fueron tomadas por el compañero Pachucosoy. Las imágenes corresponden al centro de la ciudad, exactamente sobre la avenida Matamoros. Como puede observarse en el diseño de las puertas, evidentemente se trata de una cantina, conocida como La Estrella. Una cantina muy particular, a decir verdad, pues sólo cuenta con apenas tres mesitas; es un espacio pequeño pero, eso sí, no falta su rocola ni el barman con cara de muchos años. Un sitio harto tranquilo.





A unos pasos de La Estrella nos encontramos con El Danubio, ubicada esta cantina (o botanera, como quiera Usted llamarla) en la esquina de Matamoros y Leandro Valle, en la planta baja. Ésta, a diferencia de la anterior, cuenta con un espacio más amplio y en ella laboran mujeres de faldas cortas o pantalones pegados. Pasan los años y el lugar permanece abierto y es uno de los más concurridos en el centro de Cuernavaca. Cuando uno transita por afuera no es extraño escuchar la música a alto volumen, los gritos y risas de las muchachas, las botellas chocando entre sí, las palabras de borrachos que discuten si es mejor Chivas o Cruz Azul... El Danubio también es un sitio tranquilo, ciertamente.

lunes, 28 de junio de 2010

Tristes recuerdos


Pachucosoy

La noche que comencé a creer que moriría no fue el día en que me amenazó delante de todos. Estaba completamente borracha y su acompañante se la llevó avergonzado; me tiró patadas que pude evitar fácilmente. Era mujer. Era una cliente y pues son los riesgos que corre todo mesero; me insultó casi media hora. El que más sufrió era el tipo que la llevaba (ahora sé que era su amante). La mujer era pequeña y de cuerpo cuadrado. Si me preguntaran a primera vista diría que era una machorra, pero eso ahora no me importa. Recuerdo que cuando me gritó: “Te vas a morir, vato… Centro Loco”, lo único que me causó fue risa. La tuve que contener para no hacerla molestar más pero la verdad me pareció ridícula, sobre todo saliendo de una mujer de cuarenta y tantos que además estaba molesta porque según ella le estábamos cobrando una chela de más.
Pasaron un par de semanas para volverla a ver, llegó al bar, se sentó y al reconocerla le pidieron a otro mesero –para no meterme en problemas– que le dijera que se retirara. No dijo nada, se paró, se acercó a mí y me recordó: “Te dije que te voy a matar”. Me tocó con un dedo en las costillas y se fue.
La siguiente semana se paró frente a la Plazuela Bar, que es el lugar en el que trabajo, durante quince minutos hasta que me acerqué y le pregunté: “Bueno, ¿qué chingados tienes?” Me sonrió y se siguió de largo. Esta vez sí me dejó inquieto.
Habían pasado algunos meses y creí que ya no volvería a verla, hasta que un martes de esos buenos en los que las propinas se multiplican la encontré en la entrada de la vecindad donde vivo. Yo estaba en la esquina. Al verme, sólo gritó: “Centro Loco, puto…” y se fue en un carro. En verdad estaba encabronado, en ese rato realmente la hubiera querido golpear; no había nadie que me reclamara por golpear una mujer. Ella lo sabía; por eso se fue corriendo.
El temor fue creciendo. Lo curioso es que no sé cuándo se convirtió en temor: si fue cuando pintó frente a mi puerta “Te voy a matar”, justo en la casa de mi vecina que se pasó toda la semana preocupada y quejándose de la inseguridad, o el día que llamó a mi casa y comenzó a recitarme todas mis actividades de ese día… no lo sé. Pero no me podía simplemente cruzar de brazos, así que comencé a investigarla.
Me enteré de que vivía en la Estación, pero no supe bien dónde. El día que la quise seguir se pararon frente a mí como veinte tipos y me dijeron que no regresara por ahí. Uno de ellos era el sujeto que iba con ella la primera vez. Se me acercó y me amenazó: “No estamos en la plazuelita, pendejo. Mejor caile y no apresures las cosas. Todo será como tenga que ser”. Ahí reconocí el miedo pero ya estaba antes; sin embargo, ésa fue la noche que supe, que me di cuenta, de que sí moriría.
Me da pena contarlo así. De hecho, nunca se lo dije a los otros meseros, aunque creo que todos lo notaron, todos me decían de vez en cuando: “Cálmate, carnal. No pasa nada, estate tranquilo”. Pero ella cada día me presionaba más.
Volvió al bar. No iba sola; eran cerca de diez tipos los que la acompañaban. Cada uno pidió una promo y no pasó nada. Pagaron y se fueron. Dejó de amenazarme durante más de un mes, hasta que una noche me paró frente a mi casa un tipo con un golpe en la cabeza. Al voltear la vi acompañada de dos hombres. Apenas giré la cabeza, me volvieron a pegar hasta verme en el suelo. Ahí, tirado, ella tomó mi cabeza y me golpeó diciéndome: “No creas que ya acabé, acuérdate de que te voy a matar”. Los golpes, a pesar de dolorosos, no fueron graves; sin embargo, pasaba todo el tiempo asustado.
Pero lo peor fue ayer, en la glorieta de Juárez. Iba caminando cuando me tomó del brazo y me dijo: “Si volteas la cabeza te suelto un balazo aquí, imbécil”. Me oriné del miedo. Me dio un golpe en las costillas, me acostó de espaldas y comenzó a golpear sin detenerse durante un tiempo hasta cansarse. Es por eso que estoy así; al final sólo me dijo: “Y en cuanto no tengas marcas de esto, te mato, pendejo. Que no se te olvide: te mato”.
¡Ayúdeme, por favor, ayúdeme!

lunes, 21 de junio de 2010

Tragos de lirio

Elpidio Lasotras


Palabra que yo clarito vi que eran tres marranos. Ahí estaban, gruñendo y con ganas de atacarme. Por eso tuve que hacerles lo que ya se sabe…

Te vieron entrar al Sótano de Garibaldi a las ocho de la noche. Llevabas tu acordeón al frente y un ramo de flores que era para tu mujer; ya se te veía el miedo en la mirada. Te sentaste ante una mesa, junto a la rocola, y comenzaste a observar a quienes estaban alrededor. Ordenaste una cerveza mientras sonaba una canción de José Alfredo. “Ella quiso quedarse cuando vio mi tristeza…” De un trago bebiste la mitad de la botella; tenías sed y sentías cansancio por el mucho caminar entre las calles del Centro de Cuernavaca, de cantina en cantina, recolectando monedas a cambio de hacer sonar tu potente voz y las notas del viejo acordeón. No había sido tu mejor tarde.
Tu esposa y tus hijos te esperaban para cenar. Rosario, tu mujer, había preparado el caldo tlalpeño que tanto te gusta. Antes de salir te lo dijo:
–A ver si te apuras, viejo. Voy a hacerte tu caldito pa’ que cuando regreses te eches un plato…
Le dijiste que sí, que estaba bien. Pensaste que a las nueve estarías de vuelta y le llevarías el dinero a tu Chayito; también compraste las flores porque creíste que le agradarían. No tenías ni la menor idea de lo que se gestaba en tu mente, ni siquiera estaba en tus planes emborracharte como lo hiciste.
A las nueve y media llevabas ocho cervezas y el dinero ya no te alcanzaba para más. Por eso pediste permiso para cantar. Pronto hubo peticiones pero antes cantaste la que te gusta: “Te escribí una carta y no me contestaste./ Fui a buscarte: ya cambiaste dirección…”
“Tres por cincuenta”, le mencionaste al hombre gordo de la mesa de junto, quien se hacía acompañar por una dama. Te pagó e invitó un par de cervezas. En ese momento se te acercó Roxana, la fichera cuarentona de grandes senos. Te agradaron sus ojos al tenerla de cerca.
–Qué bonito cantas, hombre…
–Gracias –dijiste apenas sin dejar de mirarla a los ojos.
–¿Me puedo sentar?
–Sí. Pero te advierto que no traigo para pagar tus tragos, el día ha estado muy jodido y no ajusto para comprar otros vicios que no sean los míos.
–Hombre, no vengo a “sangrarte”; me dieron ganas de platicar contigo. Por tu voz, ¿sabes? Te cargas buena voz.
Un cliente se puso de pie y caminó hacia la sinfonola. Mientras elegía las canciones no dejaba de ladearse y observabas cada uno de sus movimientos. Parecía que en cualquier momento se iría de espalda. De repente sentiste en los tuyos los labios de Roxana, suaves y fríos por la cerveza. Ahí estaba su mirada a escasos centímetros de la tuya. Te separaste. Probaste el sabor de su bilé y miraste hacia el piso.
–Pídete una, pues –diste tu mano a torcer.
El Señor de las Sombras sonaba pleno: “Siéntate a mi lado, mi reciente amiga./ Tómate una copa, mientras escuchamos aquella canción…”
–Es el más grande –hablaste, quedito, como si sostuvieras una conversación contigo mismo–. Nunca va a haber otro como él… el más grande, Javier Solís –la espuma de la cerveza comenzó a hacerte olvidar el coraje por el dinero no obtenido.
Te perdiste un rato en los ojos de Roxana, en su agua quieta, al tiempo que ella correspondía a tu encantamiento sin parpadear. Sus labios mostraron la sonrisa que te dejó temblando de pura rabia por no tener billetes para llevarla a otro lado saliendo de su turno. “…Tú no me conoces, ni yo te conozco,/ pero este momento quiero ser tu amigo por una ocasión…”
¿Te acuerdas?

No sé por qué razón no la invité a seguir la fiesta en otro lugar. Habría sido mejor dormir con ella y volver a casa en la mañanita. Pero uno es pendejo siempre y así se anda todos los años…

La cerveza número quince te supo a poco. Por eso alzaste la botella para que te llevaran otra. Un hombre llegó a tu lado y te pidió que cantaras la que le llega, la misma que le recuerda a su chatita muerta. Te puso un billete en frente para que la repitieras tres veces. “Trigueñita hermosa, linda vas creciendo,/ como los capomos que se encuentran en la flor…”
Todos lo vieron llorar y empinarse una botella de tequila. Todos lo escucharon maldecir a la muerte. Tu voz entonces ya se tambaleaba, se te escurrían las palabras de cuando en cuando y alguna saltaba de tu boca al piso y ahí se quedaba quieta, muerta. Roxana comenzó a sentir el mareo.
–Yo nomás te invité una –le recordaste, con dificultad–. ¿Por qué seguiste pidiendo? ¿Tú las vas a pagar?
No te dijo nada. Te mostró sus pechos y viste cuatro. Cerraste los ojos y te sacudiste con ganas de ver sólo dos bultos de carne ahí, asomándose. Afirmaste con un movimiento de cabeza. Terminaste otra cerveza y te quedaste dormido.

Tú dirás que no es cierto, Román, pero verdad de Dios que te hablo con la puritita verdad, mi amigo. Después me despertó el mesero para pedirme que pagara la cuenta. Nomás mis cervezas porque la vieja esa pagó las suyas, según me dijo. Me alcanzó y todavía compré una botellita de mezcal barato. Roxana ya no estaba. Serían las doce, yo creo. Ya nomás quedábamos tres y nos estaban corriendo. Le di un sorbo al chínguere y me quemó las tripas. Ya de ahí no me acuerdo de mucho.

Llegaste casi a rastras a tu casa. Rosario estaba despierta todavía, con el Jesús en la boca. Otra vez ibas a llegar borracho. Apenas entraste, ella te quitó el acordeón y te tumbaste sobre una silla y de tu mano cayeron un billete de cincuenta y los lirios, rotos ya; luego te volviste a dormir. Ya no podías ni con tu alma por la briaguera que te cargabas.
El frío poco a poco fue en aumento. Temblabas. Tu mujer se dio cuenta cuando salió del cuarto y te echó encima una cobija para calentarte. Despertaste en seguida y todo estaba oscuro, según tu percepción. Pero no era cierto; el sueño y la borrachera se mezclaron y te hicieron ver otras cosas. En realidad había mucha luz. Fue cuando te levantaste, asustado, ¿te acuerdas? Chayito te quiso abrazar y la aventaste al piso, la pateaste, la azotaste. Quién sabe qué tantas cosas gritaste y el escándalo hizo que tus hijos se despertaran. Corrieron a tu lado pero también los abriste. Rosario lloraba, igual que los niños. Escuchaste sus gruñidos y sentiste miedo, frío, odio… De tu bolsa sacaste una navaja. Los gruñidos de los cerdos no cesaban en tu mente y viste seis pares de colmillos rodear tu cuerpo. Pensaste que te iban a hacer pedazos. Empuñaste la navaja y comenzaste a tirar golpes a diestra y siniestra. La carne blanda, la sangre escurriendo de las entrañas de tu esposa y de tus hijos.

Por Dios que les vi forma de puercos, Román… Por ésta que sí…

Tus vecinos te vieron salir, tambaleante, después de que escucharon los gritos de tu familia. Llevabas la ropa manchada de sangre. Estabas perdido, caminaste sólo por caminar entre el lodo de la calle porque no sabías nada en ese momento. La noche te envolvió con sus garras y te marcó la frente. Todavía seguías borracho, mareado, con el miedo bien embarrado en tu cara deforme, salpicada del rojo muerte. Dejaste la puerta abierta y la señora Rutila, junto con su nieta Nancy, sintió grande curiosidad por ir a ver el motivo de esos gritotes que había escuchado. Tu vecina la más chismosa. Cuando entró estuvo a punto de desmayarse de la impresión. Por eso se regresó de inmediato para que la niña no viera los tres cuerpos destrozados en medio de una laguna de sangre y vísceras regadas por todas partes. Llamaron a la policía para informar de los muertos. Tú a esa hora estabas tirado a dos cuadras, en una esquina, revolcándote entre tus meados. También vomitaste y quisiste dormir pero no te dejaron los tres uniformados que te levantaron a punta de patadas y toletazos. Esos madrazos te devolvieron algo de la conciencia perdida y entre los tres hombres te condujeron a tu domicilio. Se te hizo raro que las luces estuvieran encendidas y la puerta abierta. Adentro gritaste, lloraste, maldijiste, te rasgaste la ropa, aventaste las sillas y mordiste tu lengua. También de ti escurrió algo de sangre.
–¿Los reconoces, pendejo? –te preguntó quien seguramente era el comandante–. Bonita fiesta se te va a armar, pinche briago.
No entendiste por qué dijo eso y preguntaste quién había matado a tu esposa y a tus hijos. Fue entonces que te diste cuenta de las manchas de sangre en tu vestimenta, en tus manos. Reconociste tu navaja ahí, entre la sangre. Ya no dijiste nada cuando te subieron a la patrulla y el montón de vecinos que se había juntado te miró, con miedo, entre murmullos: “Estaba borracho”… “A lo mejor hasta mariguano, tú”… “Ya se veía que estaba loco”… “Tan buena que era la Chayito con él y con todos”… “¡Ay, Dios”… “Él los mató.”

Por eso me trajeron aquí y dicen que vivo no voy a salir ni aunque le rece a cuanto santo conozca.

sábado, 5 de junio de 2010

Sudor de trabajo



Pachucosoy



Todas las noches es la misma rutina: esperar a que den las once, ponerme el sombrero con caída al costado derecho y vestir mi más elegante (y único) traje. Caminar cuesta arriba el boulevard Juárez hasta llegar a la esquina de la plazuela y esperar a que salga alguna, o algunas casi inconscientes; acercarme a ellas con familiaridad, tomarlas del cabello, robarles un beso con olor a cerveza o a vómito, pero intoxicante al alma; jalarlas del brazo cuesta abajo por boulevard Juárez y besarlas bajo cada árbol y en cada esquina hasta llegar a Himno Nacional; arrancarles la ropa, recibir sus golpes, recibir sus sudores, dejarme arañar sin soltarlas, recibir sus escupitajos, dejarlas hacer sin dejar de hacer. Dormir…
Todas las mañanas la misma rutina; si hubo suerte, sacarlas casi dormidas, escurriendo en sus líquidos; subirlas al taxi y despedirlas con un beso; decir “te veo mañana”, para volver a salir a encontrarla en otras, esa misma noche y recibir sus besos y mordidas, sus golpes y caricias…