martes, 21 de diciembre de 2010

La noche más obscura

Pachucosoy


El veinte de diciembre los movimientos de los astros provocarían la noche más obscura en cientos de años, se alinearían la luna, la tierra y el sol. Eran las once veintinueve de la noche, justo un minuto antes de la hora que habíamos quedado de encontrarnos.
Caminé hacia el norte y ahí estaba ella, en la fuente del Calvario, sentada junto a la bestia que mira de frente a la virgen de Guadalupe.
–No deberías estar aquí –le dije, serio.
–No te molestes –me contestó, al mismo tiempo que se levantaba a darme un beso. Yo sólo apreté los labios. La fuente tenía flores al centro, eran blancas, eran hermosas.
–¿Quieres comer? –le pregunté; asintió como única respuesta.
Nos sentamos a cenar en la taquería que está a un costado de la iglesia; nunca me gustó pero es barata y estaba ridículamente cerca. Esa vez, contrario a nuestros gustos, no nos dirigimos la palabra mientras comíamos.
Pagué sin pedir la cuenta, no dejé propina. Justo cuando atravesábamos el crucero para bajar por Matamoros, una rata atravesó corriendo frente a nosotros. Mi acompañante me abrazó; yo la apreté a mí: también le tengo un miedo irracional a esos asquerosos animales.
Nos sentamos frente a El Danubio; ahí me preguntó si estaba molesto con ella. No le contesté. Me preguntó si la quería y la apreté contra mi cuerpo; la verdad es que no tenía respuesta para ella, no tenía una respuesta para mí.
–La luna está roja –le comenté.
–Se ve bellísima –respondió.
Ya era el solsticio de invierno; los periódicos habían anunciado que sería el invierno más frío del que Cuernavaca tuviera memoria. No me parecía raro: el mundo se está yendo al carajo.
Seguimos largo rato ahí sentados, sin decirnos nada; tenía su cabeza recargada en mí, y yo le besaba la frente de tanto en tanto. No queríamos levantarnos, parecía que recordábamos de pronto cuánto nos queríamos, pero al final el frío pudo más que nuestra nostalgia.
Al llegar al portal de la vecindad me empezó a besar, yo le correspondía; caminamos hasta la puerta de nuestro cuarto sin dejar de acariciarnos. Metí mi mano derecha debajo de su falda; ella susurraba que me quería, que la perdonara. Mi mano izquierda apretaba su cuerpo a mí. Saqué mi mano de sus piernas, dejé su espalda. Mis manos se dirigieron a su cuello; apretaron fuerte. Ambos llorábamos, me gritaba con sus ojos que la perdonara y yo seguía apretando. No le dije que la amaba, que la quería, pero que no podía perdonarla… Sin embargo, ella lo sabía.
Eran las cuatro con un minuto de la madrugada del veintiuno de diciembre. No volteé al cielo, el frío arreciaba y yo metí mis manos en las bolsas de mi vieja chamarra. Caminé hasta la plazuela del zacate secándome los ojos; no encontré un sólo bar abierto. Ya no tenía duda: era el invierno más frio, la noche más obscura.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Mujer que habla muy poco


53
En la venganza, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre.
Nietzsche
-Cuando mi luz llegue hasta tus manos intentarás acariciarme. Pero yo, definitivamente, habré desaparecido -dijo la mujer. Colocó la taza de café sobre la mesa y se fue caminando por la avenida V. Guerrero. Dio vuelta en la calle que va hacia la iglesia de Tepetates y se perdió entre la multitud.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Pinche otoño

Elpidio Lasotras

Los días parecen estar desordenados. Me explico: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo. Es correcto. Hoy, siendo jueves, parece lunes o seis de abril. Ayer, miércoles, resultaba un dos de enero. Otra cosa: la luz, carajo. Sí, no es la luz normal: los días tienen el color de los días festivos: solitarios; de autos a paso de animal herido o en fuga a fin de no ser cazado; de un cielo más bajo, con su montón de nubes yéndose todo el tiempo.
Jueves diecisiete de noviembre de 2010. ¿Y si fuera domingo ocho de marzo de 1822? ¿Lo notaríamos? Imposible regresar tantos años. Hoy contamos con servicio de Internet, con computadoras, con teléfonos móviles, con libros electrónicos, con televisión de paga, con pornografía desde infantil hasta gerontofílica… ¡Imposible retroceder tantos años!
Pero no parecen días habituales, llevan un amarillo un tanto pálido; acaso el otoño respira su media vida. Quizá los días rechazan al invierno y esta palidez es la forma de manifestar su inconformidad. No tengo la menor idea. Lo que sí sé es que ahora mismo cargo un poco de sueño. Podría estar ante una mesa, en un café o en un bar.

Opción A:

Preferiría un café de veinticuatro horas, de esos que hay en el Distrito Federal y así tomes cuatro jarras te cobran apenas el precio de una taza. Una ganga. Pero luego, como el día anterior habías bebido en exceso, constantemente te levantas del sillón para ir a vomitar. Vómito tras vómito; jarra de café tras jarra de café. Infaltables los cigarros Delicados con filtro. Sí. Y entonces, en una revista, lees: “Aquel hombre fumaba tanto, que un día, sin darse cuenta, agitó el cigarro y su mano se esparció dentro del cenicero”. ¡No chingues! De inmediato miras tus manos, las agitas y, al comprobar que siguen en su sitio, te levantas rumbo al baño a reiterar tu malestar. Pero el café es adicción tremenda. Además, adónde ir a las tres y media de la mañana, con un frío espantoso en la capital de México. Mé-xi-co. ¡Qué diablos hago aquí! Derecha, izquierda, centro… ¡El gobierno te jode por delante, por detrás y por los costados!
Sales del café, temblando, un poco por el frío y otro tanto porque el alcohol que aún corre por tus venas y la cafeína se combinaron, lo que provocó una ruda explosión y eres el hombre más paranoico de la ciudad. Vuelves la vista; miras al frente. Vuelves la vista; miras al frente. Caminas por la Calzada de Tlalpan a las cinco de la mañana, con el riesgo de que te asalten, cabrón, o que uno más enfermo que tú tenga la manía de abrir gargantas con su navaja poderosísima… Pero vas por Tlalpan. Lleno de hoteles. “Adentro se están amando todos”, piensas y buscas mujer a la mano. “No molestar.” “¡Imbécil”, te dices y ríes. “Están cogiendo nada más.” Un taxi se detiene frente a ti: dice el chofer que te subas porque es muy peligrosa esa zona. “Seguramente. Tú lo que quieres es hacerme güey porque me sabes borracho y me llevarás aquí y allá para cobrarme las perlas de la virgen. ¡Jódete!” Huyes aprisa.
Adelante te topas a una muchacha que se muere de frío pero es necesario mostrar el cuerpo para obtener monedas. Mé-xi-co. “Doscientos”, sonríe la mujer. Es bonita, sin duda, pero te sigues derecho. Continúas y te espanta que el día esté aclarándose. Antes de salir el sol debes dormir, cual vampiro. Adelante hay un hotel decente. ¿Decente? “Jo, jo, jo… si he dormido en la calle, Señora Decencia. No me venga a joder. Varias noches dormí en la calle, a un grado centígrado, al pie de la Catedral de Morelia, Señora Decencia. Si es que a eso se le llama dormir. ¡Lárgate!” Pero llevas plata. Urge una tienda, una maldita tienda para comprar cerveza o whisky. ¡Pero ya!
Te apersonas con el recepcionista (nunca he visto a una mujer en una recepción a temprana hora en ningún hotel de la capital mexicana) y le pides una habitación, la más cercana al cielo o la más próxima al infierno. “Tenemos elevador, señor”, te dice antes de subir el primer escalón. Agradeces. Piensas en el elevador que debería estar ahí una muchacha en flor y que ese elevador tendría, por lógica, que descomponerse con ambos en su interior. Pero luego de un trago a la botella de whisky, te ríes de ti mismo y en cambio asesinas a la muchachilla y mejor, te dices, mejor, que venga una mujer madura vestida de negro. Que me sonría y me señale y me bese y, si no es mucho pedir, me haga el amor. Sí. Eso.

Posibles consecuencias:

“¡Se suicidó en un elevador!” Mentira # 1
“Se descompuso el ascensor y murió asfixiado”
Mentira # 2
“Murió de una congestión alcohólica en el elevador de un hotel”
Mentira # 3

“¡Todos los periódicos mienten!”, arremete tu espíritu al día siguiente al ver los titulares de la sección policiaca que dan cuenta de tu muerte. Sólo un encabezado te deja medianamente tranquilo:

“Velo de misterio envuelve muerte de un hombre en hotel de Tlalpan”

Dices: “Son tan complicados los vivos. ¿Es tan difícil entender que La Mujer de Negro me besó y me hizo el amor? Nada más. Ni para eso se ponen de acuerdo…”.
Decepcionado, tu último aliento decide no asistir a tu funeral y se escurre por cualquier alcantarilla.
Pero todo es falso porque estás atravesado en una cama de ese hotel, empapado en whisky, los labios reventados. En la televisión una película pornográfica está por terminar, sin público en esa habitación. No hay nada ni nadie en qué pensar. ¿Llorar? Imposible. Hace tiempo se te secaron los ojos. ¿Reír? Tal vez. Pero, ¿de qué, de quién? “¡De ti, estúpido!” Sí. Reír de uno mismo, carcajearse hasta provocar que personal del hotel fuerce la puerta para entrar a tranquilizarte. “Todo está bien, señor.” “Jo, jo, jo.” “¿Le podemos ayudar en algo?” “Jo, jo, jo.” Pero lo piensas mejor: “Sí. Apaguen la luz antes de salir, por favor”.
Silencio.

Opción B:

Ron, doble. Una luz rosa adormece el amor de una pareja que se encuentra ante una mesa ubicada a tres metros cuarenta y seis centímetros doce milímetros de ti. Aunque no alcanzas a ver con claridad (eres miope y encima el alcohol se ha encargado de su parte), adivinas su romance. Sus palabras: “Sí, mi amor”… “Claro que te amo”… “Esta noche no podré, Ernesto. Ya sabes: visita de Andrés”… “¿Bailamos?”
“Mexicanos al grito de guerra,/ el acero aprestad y el bridón./ Y retiemble en su centro la tierra,/ al sonoro rugir del cañón.”
“Ernesto, mi amor, ¿nos vamos ya?” Ella se llama Claudia. Dicen que se van a casar pero lo que la mujer no sabe es que él hace un par de días conoció a Susana, con quien saldrá mañana y harán el amor como locos en el cuarto de un hotel de Tlalpan donde hace tiempo un hombre se carcajeó solo y dicen que aún se escucha esa risa, sobre todo en noches de otoño. De preferencia en día jueves.
Brandy. Una luz azul metálico da de frente en el rostro de una prostituta que busca llevar alimento a sus dos pequeñas hijas quienes duermen, aparentemente, en casa. Está recluida en ese bar porque fue corrida de las avenidas cercanas por el grupo de meretrices y padrotes que domina esa zona. Busca a un iluso, a un abandonado, al más solitario de la noche. Fuma. Ante sí, el hielo de un whisky se derrite inexorablemente, como la esperanza. Pero te observa con detenimiento porque eres la presa. Sin embargo, la adivinas. Te pones de pie, te acercas y dejas un billete doblado debajo de su vaso. “Yo invito esta noche. Ve a tu casa, mujer.”
¿De dónde la piedad, la compasión? ¡Estás pedísimo, pendejo!
Cerveza. Una luz morada ilumina los cuerpos de los danzantes. El trago amargo en tu boca es una pausa entre el miedo y la angustia. Te cuesta trabajo respirar y, sin embargo, estás vivo. Enciendes un Delicado con el que está a punto de extinguirse. Quemas la orilla de una servilleta y te imaginas un rostro en ese blanco. Sonríes. Te acuerdas de Michoacán: De-ca-den-te. Te acuerdas del Estado de México: Una noche y nada más, a oscuras, junto a un cuerpo del que has olvidado los detalles de su rostro. Recuerdas Puebla: Ebrio, en una jardinera de la Plaza de Armas (“Despierta, muchacho. Despierta.”). Recuerdas Acapulco: Todas las parejas del mundo hacen el amor frente al mar. Tú, oxidado, nadas borracho a las tres de la mañana. Ebrio completamente. Pero los delfines te aman y estás vivo. El Sol te despierta y estás lleno de arena, borracho aún. Escuchas los últimos murmullos de los amantes. A lo lejos, un yate alberga dos corazones. En todo caso, volteas hacia otra parte. “Un whisky, por favor. Dos whiskys, por favor. Tres putos whiskys… cuatro…”, ad infinítum.
Todos los recuerdos se agolpan en tu mente. Pero la vida, dices, no es ese bar. Aunque los guardias de seguridad te saquen, vomitado hasta el alma, a empujones, o te golpeen porque lanzaste un envase de cerveza contra un vidrio de la barra y le tiraste un whisky en el rostro a cualquier cliente, llevas una sonrisa que delata tu amor por la vida.
Hace frío.

Sin embargo, no estoy ni en un café ni en un bar. Estoy sentado frente a una pantalla de luz, dando órdenes a mis dedos que golpean un teclado. La vida en negro con fondo blanco. A mi espalda, un aire frío me recorre la columna. Afuera está la tarde. Yo. Qué puta soledad hay en esta Cuernavaca, Dios mío…

martes, 28 de septiembre de 2010

Luz de papel oscuro


53

Un sueño es una corta locura y la locura un largo sueño
Schopenhauer

El peligroso deseo de extraviarse en la deliciosa forma de los tobillos de Alicia, propiciaba que Jesús caminara por las noches sobre los sitios más solitarios y oscuros de la ciudad (los alrededores del parque Melchor Ocampo, cerca de la estación del ferrocarril, tomaban una esencia predilecta en su bagaje nocturno). Constantemente inventaba fórmulas y escenarios de color violeta, en los que ambos protagonizaban historias sensuales y plagadas de erotismo; un anhelar incestuoso petrificaba su sangre, del mismo modo que la hervía.
La noche en que lo asesinaron, hacía su recorrido habitual. Y poco antes de morir, Jesús vio salir de entre la corteza de un árbol, una sombra que poco a poco fue convirtiéndose en un astro de luz: Alicia. De su boca nacía un vaho diáfano que cubría los labios de aquel hombre. Él quiso decirle muchas cosas, pero no se atrevió. Se limitó a sujetar con fuerza el bolsillo izquierdo de su chaqueta, donde guardaba un pequeño pensamiento escrito en un trozo de papel desgastado: “Febrero del 86./ Esta vigilia de ti me adormece/ la carne de vida mi alma espera/ y mi boca, de tanto pronunciar tu nombre/ se agita/ se agrieta/ se seca.” Quiso apretar aún más fuerte, pero ya no hubo tiempo.

viernes, 27 de agosto de 2010

La visión de Daniel


53

“En aquellos días yo, Daniel, estuve afligido por espacio de tres semanas.”
Daniel, 10. 2


El hocico húmedo del cerdo se deslizaba despacio sobre mi rostro. En un principio llegué a sentir asco, pero, a fuerza de repeticiones incontables, me di cuenta de la natural compasión con que el animal mojaba de luz mis pensamientos.
“Te ves más limpio, la luz y el calor del mediodía se reflejan mejor sobre tu piel seca, el lodo de tu cuerpo se hace terrón y cae por pedacitos”, decía yo a aquel cerdo con quien compartía el aposento. Yo no entiendo el mundo, ni a las personas mayores –el cerdo, mirándome, parpadeaba y en sus ojos brillaba un niño arrodillado, cansado de pies y manos–. Cuando don Tobías cayó del campanario de la iglesia –aunque dice mi abuelita que fue su hermano quien lo aventó–, la gente se entristeció mucho; hubo misa, cantos, rosarios, flores blancas, llanto, veladoras, arroz con leche, pan de dulce… y cuando mi Tohuihui se murió, mi madre sólo dijo: “No llores… El martes Juan te traerá otro perrito”. ¿Por qué no trajeron otro don Tobías? Tampoco entiendo por qué mi papá me metió aquí, al chiquero; ni la buena tunda que me puso. Según él, lo que hice estuvo mal, aunque nunca de los nuncas me dijo qué fue lo que hice.

En aquella tarde yo andaba jugando por los terrenos de don Lencho; brinqué el tecorral y me fui metiendo entre las milpas para jugar al sembrador; nada más quería pedirle a la tierra que nos regalara buena cosecha en esa temporada. Como le hacía mi tío Crecencio (el Cabeza de cebolla, así lo apodaban porque siempre tuvo sus mechas blancas y escasas, como una nube despeinada por el viento), él siempre hablaba con la tierra antes de la llegada de las aguas. Y en eso andaba cuando vi al Toño y a la Tacha; como que se estaban peleando. Yo pensé que sí, porque ella se quejaba muy fuerte. Luego cuando la tiró en el suelo y se montó encima de ella, se quejó más fuerte y apretó la yerba con sus manos como queriendo arrancarla. Y pues como yo vi que por más fuerza que hacía no se levantaba, que me voy rápido a avisarle a mi primo Luciano porque además de ser novio de la Tacha, trabajaba cerca del sembradío de don Lencho en un matadero de puercos.
Ese que luce el ano, ahí te buscan en la entrada”, dijo uno de sus amigos. Yo todavía iba agitado por la carrera que había pegado; sólo me acuerdo que le dije: “¡Primo, primo, primo!, allá, por la milpa... el Toño se está peleando con la Tacha… Anda encimado en ella mordiéndole el pescuezo y pegándole con un palo. Ya no la deja levantar y ella nomás dice, mientras puja: ‘¡Mmmme duele! ¡Mmme duele… Toño!’”.
Si ya me había dicho mi madre que me iba a salir piruja como sus… y no acabando de decir lo que quería decir, tomó uno de sus cuchillos con los que mataba puercos y salió corriendo. Bien que me acuerdo, estaba más chiquillo, pero no más menso.
De ahí me fui mejor para la casa de mi amigo el Quelite, un amiguito del catecismo. Su papá recién había llegado del otro lado, y todos los niños queríamos ver los juguetes que le habían traído; en especial, un carrito de control remoto que pasó del asombro y la curiosidad, a la envidia de todos nosotros.
Ya por la noche, fue don Lencho a mi casa y le dijo a mi papá que anduve pisando las matas de frijol y calabaza sembradas a orillas del maizal. Yo oí cómo le decía a mi padre que debía pagar los daños causados por su cría. “Debería mantenerlo encerrado.” Yo me estaba haciendo el dormido, pero bien claro que oí cuando dijo eso.
Tempranito, en la mañana, encontraron tirado al Toño a orillas de la barranca que está en Ocotepec… Ya ves, por eso dicen que ahí “matan y no entierran”… La cosa es que la mujer que lo encontró dijo que tenía cuatro cuchillazos en la espalda, de donde salía una sangre oscura, grasosa como manteca de puerco y maloliente; peor que las aguas negras del barranco. Cuando yo me desperté, la noticia ya había corrido por el pueblo; y justo cuando me preparaba para ir a acarrear agua con la carretilla hasta la pileta del pueblo, va llegando mi padre… y sin decir ni “agua va”, que me agarra de las greñas y me saca al patio. Ahí me dio con una vara de ocote en todito mi cuerpo (siempre que me acuerdo, la vuelvo a sentir rebotando en mi piel, como un árbol derribado que azota en la tierra del monte sin que nadie escuche su ruido). Luego, me amarró las manos con un mecate que utilizaba para atar las patas de los cerdos cuando los castraba y me metió al chiquero. “A ver si así aprendes, condenado escuincle”, dijo mientras cerraba la reja con un alambre viejo.
Pasé más de quince días ahí metido, y no te me miento cuando te digo que nunca de los nuncas me dijo bien qué fue lo que hice. No supe si fue por lo de las calabazas de don Lencho, por andar de metiche con lo del Toño y la Tacha o porque encontraron, escondido debajo de mi cama, el carrito de control remoto de mi amigo el Quelite.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Dos opciones para caballeros que tienen sed

Estas fotografías fueron tomadas por el compañero Pachucosoy. Las imágenes corresponden al centro de la ciudad, exactamente sobre la avenida Matamoros. Como puede observarse en el diseño de las puertas, evidentemente se trata de una cantina, conocida como La Estrella. Una cantina muy particular, a decir verdad, pues sólo cuenta con apenas tres mesitas; es un espacio pequeño pero, eso sí, no falta su rocola ni el barman con cara de muchos años. Un sitio harto tranquilo.





A unos pasos de La Estrella nos encontramos con El Danubio, ubicada esta cantina (o botanera, como quiera Usted llamarla) en la esquina de Matamoros y Leandro Valle, en la planta baja. Ésta, a diferencia de la anterior, cuenta con un espacio más amplio y en ella laboran mujeres de faldas cortas o pantalones pegados. Pasan los años y el lugar permanece abierto y es uno de los más concurridos en el centro de Cuernavaca. Cuando uno transita por afuera no es extraño escuchar la música a alto volumen, los gritos y risas de las muchachas, las botellas chocando entre sí, las palabras de borrachos que discuten si es mejor Chivas o Cruz Azul... El Danubio también es un sitio tranquilo, ciertamente.

lunes, 28 de junio de 2010

Tristes recuerdos


Pachucosoy

La noche que comencé a creer que moriría no fue el día en que me amenazó delante de todos. Estaba completamente borracha y su acompañante se la llevó avergonzado; me tiró patadas que pude evitar fácilmente. Era mujer. Era una cliente y pues son los riesgos que corre todo mesero; me insultó casi media hora. El que más sufrió era el tipo que la llevaba (ahora sé que era su amante). La mujer era pequeña y de cuerpo cuadrado. Si me preguntaran a primera vista diría que era una machorra, pero eso ahora no me importa. Recuerdo que cuando me gritó: “Te vas a morir, vato… Centro Loco”, lo único que me causó fue risa. La tuve que contener para no hacerla molestar más pero la verdad me pareció ridícula, sobre todo saliendo de una mujer de cuarenta y tantos que además estaba molesta porque según ella le estábamos cobrando una chela de más.
Pasaron un par de semanas para volverla a ver, llegó al bar, se sentó y al reconocerla le pidieron a otro mesero –para no meterme en problemas– que le dijera que se retirara. No dijo nada, se paró, se acercó a mí y me recordó: “Te dije que te voy a matar”. Me tocó con un dedo en las costillas y se fue.
La siguiente semana se paró frente a la Plazuela Bar, que es el lugar en el que trabajo, durante quince minutos hasta que me acerqué y le pregunté: “Bueno, ¿qué chingados tienes?” Me sonrió y se siguió de largo. Esta vez sí me dejó inquieto.
Habían pasado algunos meses y creí que ya no volvería a verla, hasta que un martes de esos buenos en los que las propinas se multiplican la encontré en la entrada de la vecindad donde vivo. Yo estaba en la esquina. Al verme, sólo gritó: “Centro Loco, puto…” y se fue en un carro. En verdad estaba encabronado, en ese rato realmente la hubiera querido golpear; no había nadie que me reclamara por golpear una mujer. Ella lo sabía; por eso se fue corriendo.
El temor fue creciendo. Lo curioso es que no sé cuándo se convirtió en temor: si fue cuando pintó frente a mi puerta “Te voy a matar”, justo en la casa de mi vecina que se pasó toda la semana preocupada y quejándose de la inseguridad, o el día que llamó a mi casa y comenzó a recitarme todas mis actividades de ese día… no lo sé. Pero no me podía simplemente cruzar de brazos, así que comencé a investigarla.
Me enteré de que vivía en la Estación, pero no supe bien dónde. El día que la quise seguir se pararon frente a mí como veinte tipos y me dijeron que no regresara por ahí. Uno de ellos era el sujeto que iba con ella la primera vez. Se me acercó y me amenazó: “No estamos en la plazuelita, pendejo. Mejor caile y no apresures las cosas. Todo será como tenga que ser”. Ahí reconocí el miedo pero ya estaba antes; sin embargo, ésa fue la noche que supe, que me di cuenta, de que sí moriría.
Me da pena contarlo así. De hecho, nunca se lo dije a los otros meseros, aunque creo que todos lo notaron, todos me decían de vez en cuando: “Cálmate, carnal. No pasa nada, estate tranquilo”. Pero ella cada día me presionaba más.
Volvió al bar. No iba sola; eran cerca de diez tipos los que la acompañaban. Cada uno pidió una promo y no pasó nada. Pagaron y se fueron. Dejó de amenazarme durante más de un mes, hasta que una noche me paró frente a mi casa un tipo con un golpe en la cabeza. Al voltear la vi acompañada de dos hombres. Apenas giré la cabeza, me volvieron a pegar hasta verme en el suelo. Ahí, tirado, ella tomó mi cabeza y me golpeó diciéndome: “No creas que ya acabé, acuérdate de que te voy a matar”. Los golpes, a pesar de dolorosos, no fueron graves; sin embargo, pasaba todo el tiempo asustado.
Pero lo peor fue ayer, en la glorieta de Juárez. Iba caminando cuando me tomó del brazo y me dijo: “Si volteas la cabeza te suelto un balazo aquí, imbécil”. Me oriné del miedo. Me dio un golpe en las costillas, me acostó de espaldas y comenzó a golpear sin detenerse durante un tiempo hasta cansarse. Es por eso que estoy así; al final sólo me dijo: “Y en cuanto no tengas marcas de esto, te mato, pendejo. Que no se te olvide: te mato”.
¡Ayúdeme, por favor, ayúdeme!